Visita a Tarisio Nueva York y la subasta T2: violines antiguos, lotes históricos y la experiencia de tocar instrumentos centenarios.
Nueva York tiene lugares peligrosos para la billetera: la Quinta Avenida, las tiendas de fotografía de Manhattan o las librerías del Village.
Pero para un violinista existe un lugar mucho más peligroso.
Está en una discreta oficina del piso 11 de un edificio en la calle 54th.
No hay grandes letreros. No hay vitrinas llamativas ni turistas haciendo fila para entrar. De hecho, encontrarlo resulta más difícil de lo que uno imaginaría para una de las casas de subastas de instrumentos más importantes del mundo.
Ese lugar se llama Tarisio.
Subí con cierta timidez y pregunté simplemente por los violines.
La respuesta fue inesperadamente sencilla.

Me entregaron un catálogo impreso de la subasta T2 y, como si fuera la cosa más normal del mundo, me dijeron:
—En la sala de la derecha están los violines. Puede verlos y tocarlos.

Por un momento pensé que había entendido mal.
¿Tocarlos?
En cualquier museo del mundo uno se conforma con observar los instrumentos detrás de un cristal y a varios metros de distancia.
Pero esto no era un museo.
Aunque se sentía exactamente como uno.
Entré a la sala y allí estaban.

Decenas de violines descansaban sobre mesas y soportes esperando silenciosamente a sus próximos dueños.
Y lo más sorprendente de todo era la absoluta normalidad con que aquello ocurría.
No había vitrinas blindadas ni guardias vigilando cada movimiento.

Simplemente podías tomar un violín, observarlo de cerca, revisar su construcción y descubrir detalles imposibles de apreciar en fotografías.
Tuve la oportunidad de revisar personalmente todos los instrumentos de la subasta T2 de Nueva York.
Uno de los que más llamó mi atención fue el lote 278.

La etiqueta mencionaba a Amedeo Simonazzi y a la escuela de Stefano Scarampella, fechado en 1939 y estimado entre cinco y ocho mil dólares.
Probablemente no era el Scarampella escondido que todos los violinistas sueñan encontrar alguna vez.
Pero eso tampoco importaba demasiado.
Porque ahí estaba.
No detrás de una vitrina.
No separado por una cuerda.
Simplemente podía tomarlo entre mis manos, observar el barniz, las efes y preguntarme cuántos músicos habrían pasado antes por aquel instrumento.
Y entonces entendí el verdadero peligro de T2.
El problema no es encontrar un tesoro.
El problema es empezar a pensar:
”¿Y si…?”

Algunos lotes más allá apareció el violín más antiguo que sostuve aquel día.
El lote 280 llevaba una etiqueta que rezaba:
“Andreas Guarnerius fecit Cremonae sub titulo Sanctae Teresiae 1698.”
La descripción de Tarisio era mucho más prudente:
“A violin, late 18th century.”
La cabeza había sido reemplazada posteriormente y nadie pretendía venderlo como un Guarneri auténtico.
Y sin embargo, seguía teniendo algo difícil de describir.
Probablemente aquel violín había sido construido hacia finales del siglo XVIII.
Eso significa que ya existía cuando Mozart aún vivía.

Quizás ya había recorrido Europa antes de que Beethoven escribiera su concierto para violín.
Había sobrevivido a revoluciones, guerras, viajes transatlánticos y generaciones enteras de músicos antes de terminar descansando silenciosamente sobre una mesa en Manhattan.
A pocos centímetros descansaba otro testigo del tiempo.
El lote 292 llevaba una etiqueta de Joannes Varotti fechada en 1794.
La dendrocronología contaba una historia ligeramente distinta: el árbol utilizado para construir la tapa todavía seguía creciendo en 1804, por lo que el instrumento necesariamente tuvo que construirse algunos años después.
Pero nuevamente eso parecía secundario.
Seguía sosteniendo entre mis manos un violín construido hace más de doscientos años.
Un instrumento que probablemente ya era antiguo cuando Sarasate recorría Europa y que había sobrevivido a suficientes acontecimientos históricos como para llenar varios libros.
Personalmente intenté participar en la subasta.
Sin embargo, en algún momento los precios comenzaron a subir más allá de lo que me habría sentido cómodo pagando por los instrumentos que más me habían interesado.
Quizás fue lo más prudente.
Quizás no.
La pregunta seguirá existiendo durante bastante tiempo.

Especialmente en el caso del lote 278.
El violín no logró venderse en su primer intento, donde el precio mínimo de apertura era de 3.500 dólares.
Al día siguiente volvió a aparecer en la subasta, esta vez comenzando desde apenas 1.000 dólares.
Entonces comenzaron las ofertas.
Finalmente el martillo cayó en torno a los 3.000 dólares, transformándose en aproximadamente 3.600 dólares una vez añadida la comisión correspondiente a Tarisio.

Veinticuatro horas antes nadie había querido pagar 3.500 dólares.
Veinticuatro horas después alguien estaba feliz de pagar prácticamente lo mismo.
Pero si el lote 278 fue la historia de un instrumento que necesitó una segunda oportunidad, el lote 288 fue exactamente lo contrario.

La descripción del catálogo era nuevamente prudente:
“A violin, late 18th century.”
La etiqueta decía:
“Joannes… Guadagnini Cremonensis fecit Taurini Antonii Stradivari 1771.”
La estimación oficial se situaba entre seis y nueve mil dólares.
La puja comenzó en cuatro mil.
Y entonces ocurrió algo completamente distinto.
Cinco mil.
Diez mil.
Quince mil.
Veinte mil.
Treinta mil.
Finalmente el martillo cayó en unos impresionantes 32.500 dólares.

Con la comisión incluida, el nuevo propietario terminó pagando cerca de 39.000 dólares.
Más de cuatro veces la estimación máxima del catálogo.

Quizás alguien vio algo que el resto no vio.
Quizás varios vieron exactamente lo mismo al mismo tiempo.
Un amigo chileno, coleccionista de violines, tuvo más suerte y consiguió adjudicarse dos instrumentos durante esta misma subasta.
Con un poco de fortuna, podremos mostrarlos y analizarlos próximamente en De Violín.
Fue entonces cuando entendí algo curioso sobre los violines antiguos.
No son simplemente instrumentos.
Son viajeros extraordinariamente longevos.
Sobreviven a sus constructores, a sus intérpretes, a los países donde nacieron e incluso a las guerras.
Y de vez en cuando terminan esperando silenciosamente a su próximo dueño sobre una mesa, en una oficina sin letrero del piso 11 de un edificio de Manhattan.
Quizás por eso Tarisio es la habitación más peligrosa de Nueva York para un violinista.
No por los Stradivarius.
No por los Guarneri.
Ni siquiera por los millones de dólares en madera y barniz que han pasado por aquellas salas.
El verdadero peligro es salir de allí convencido de que tal vez, sólo tal vez, todavía existe algún violín esperándote en alguna esquina olvidada del catálogo.
Omar Lara
Violinista fundador De Violín